martes, 10 de junio de 2008

la vuelta al cuento en ochenta mundos.

de fondo un tic-tac de un despertador que funciona a ratos, sobre la cama le hablo a la maga un cuento que escrbiste, Cortázar, y parece que también lo leo para vos, para ambos mientras de otro lado la Maga ríe. Ahora, para que ella me lea, aquí va los dos lados sobre un mismo tema. no sé, tal vez de esta forma estemos más cerca.
Rogelio Jarquín

Lucas, sus largas marchas


Todo el mundo sabe que la Tierra está separada de los otros astros por una cantidad variable de años luz. Lo que pocos saben (en realidad, solamente yo) es que Margarita está separada de mí por una cantidad considerable de años caracol.
Al principio pensé que se trataba de años tortuga, pero he tenido que abandonar esa unidad de medida demasiado halagadora. Por poco que camine una tortuga, yo hubiera terminado por llegar a Margarita, pero en cambio Osvaldo, mi caracol preferido, no me deja la menor esperanza. Vaya a saber cuándo se inició la marcha que lo fue distanciando imperceptiblemente de mi zapato izquierdo, luego que lo hube orientado con extrema precisión hacia el rumbo que lo llevaría a Margarita. Repleto de lechuga fresca, cuidado y atendido amorosamente, su primer avance fue promisorio, y me dije esperanzadamente que antes de que el pino del patio sobrepasara la altura del tejado, los plateados cuernos de Osvaldo entrarían en el campo visual de Margarita para llevarle mi mensaje simpático; entre tanto, desde aquí podía ser feliz imaginando su alegría al verlo llegar, la agitación de sus trenzas y sus brazos.
Tal vez los años luz son todos iguales, pero no los años caracol, y Osvaldo ha cesado de merecer mi confianza. No es que se detenga, pues me ha sido posible verificar por su huella argentada que prosigue su marcha y que mantiene la buena dirección, aunque esto suponga para él subir y bajar incontables paredes o atravesar íntegramente una fábrica de fideos. Pero más me cuesta a mí comprobar esa meritoria exactitud, y dos veces he sido arrestado por guardianes enfurecidos a quienes he tenido que decir las peores mentiras puesto que la verdad me hubiera valido una lluvia de trompadas. Lo triste es que Margarita, sentada en su sillón de terciopelo rosa, me espera del otro lado de la ciudad. Si en vez de Osvaldo yo me hubiera servido de los años luz, ya tendríamos nietos; pero cuando se ama larga y dulcemente, cuando se quiere llegar al término de una paulatina esperanza, es lógico que se elijan los años caracol. Es tan difícil, después de todo, decidir cuáles son las ventajas y cuáles los inconvenientes de estas opciones.

J. Cortázar

ARTIFICIO

Uno se escribe historias para sí, se va creando artificios atrás de un escritorio y se cree que ahí si se tiene el control absoluto de las cosas. Se abstrae de la realidad sólo lo necesario, lo verdaderamente indispensable para jugar por un rato a ser dios, y se empieza por querer cambiar las cosas, por darle la vuelta a la realidad. Todo va bien hasta que vaya a saber porque llega un momento en que se pierde todo control y tu personaje decide no llamarse Julio sino Osvaldo, tener cierta obsesión por los moluscos y no por los rinocerontes como tú le has ordenado. Y es él quien termina contando la historia.

No fue nunca donde tú le dijiste, se las arregló para pasear por toda la ciudad, asomarse en tu ventana y verte a ti convertido en un personaje peleando con una máquina de escribir; te miró rompiendo hojas, dando vueltas en torno a tu escritorio y te volvió la espalda metiéndose las manos en los bolsillos de su abrigo color mostaza, preguntándose quién eras tú. Buscó por los parques caracoles para ponerlos en su abdomen y sentir su paso lento y continuo. Por la noche entró al metro y recorrió los andenes y las estaciones de cada línea. Tú buscaste la forma de retomar el mando en la historia, pero a Osvaldo no le importó lo que tú querías contar; se metió a una sala de cine y vio una película que aún no veías. Llegó a su casa y el insomnio le hizo recordarte escribiendo, sacó de un cajón una hoja y se quedó contemplándola durante horas. Buscó una pluma y dibujó caracoles alargados, con ruedas y alas. Después tomó otra hoja y empezó a escribir una carta a Marcela. Pensaste en levantarte del escritorio y dejar inconcluso todo, pero te entró la curiosidad por saber que le escribía a tu mujer. Osvaldo ocultó de ti cada frase escrita, la pasó en limpio en una hoja amarilla y la metió en un sobre adornado con dibujos de caracoles dorados. Salió y recorrió el mismo camino que tú recorrías para ver a Marcela. Tocó y metió bajo la puerta el sobre, después corrió toda la avenida principal silbando una melodía que tú también silbabas. Observaste como Osvaldo en las siete líneas siguientes conquistaba a tu mujer, como la invitaba a bailar a un bar que te parecía sombrío, como tus conocidos veían feliz a Marcela escuchando los halagos de tu personaje, a quien para ella era fácil besar al igual que a ti recordar que ya no era feliz ni contigo ni con tu colección de rinocerontes de metal y mucho menos con tu aroma a tabaco. A ti te siguió desde afuera de la hoja esa sensación de celos que tu razón tachaba como estupidez.

De las caricias veías como pasaban a los besos y de ahí, a las confidencias personales, Osvaldo se enteró de tu costumbre de comprar rinocerontes en cada viaje que hacías, se le hizo ridícula tu idea de ponerle nombre de mujer a tu pluma fuente y que era de mal gusto tener una bicicleta forrada de peluche rosa.

Cuando Marcela se acercó a Osvaldo para decirle que sí, que ella también lo quería, te detuviste en un punto y coma; era como si tuvieras miedo de las demás líneas siguientes, era la preocupación por las palabras que vendrían después, ansiedad por la historia que tú pretendías contar y que dejó de ser tuya desde las dos primeras líneas. Osvaldo la escuchó metiendo las manos en su abrigo mostaza y sacando de los bolsillos un par de caracoles que puso en el cabello negro de Marcela.


Te tranquilizaste en un par de párrafos; cuando ya no eran tan
felices y Osvaldo volvió a ocupar los días para buscar caracoles, viajar en metro, ver películas en cualquier sala de cine, volvió el sueño y dejó de escribir cartas a Marcela pero siguió dibujando caracoles alargados, con ruedas y alas.

Casi enseguida de que Osvaldo volvió a su vida cotidiana decidiste dejar de escribir. Metiste las hojas en un cajón, saliste a la calle como para regresar a la realidad, tomaste tu bicicleta y recorriste todos los parques. Te detuviste en una cafetería para calentarte un poco. Te dio gusto ver a Marcela sola, en una mesa pegada a la pared haciendo una torre de galletas; te sentaste a su lado. Volviste a pedirle que regresara contigo, ella te tomó la mano y te pidió que no insistieras, que era muy feliz sin tener que soportar tu aroma a tabaco, tu bicicleta y sobre todo tu colección de rinocerontes; que sería más feliz con un hombre que le pusiera caracoles en el cabello que contigo. Tú no dijiste nada, saliste a buscar caracoles a los parques.

R. Jarquín.

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